Entrevista Martes 22 de Agosto

La cultura de hoy promueve un gran imperativo; “goza”, “colma”

Juan Cruz Pistilli. Psicólogo, Psicoanalista.

La sociedad actual se caracteriza por un exceso de positividad en la que todo depende del mérito propio.

¿Cómo afecta la crisis social y económica en la subjetividad?

La pregunta es amplísima. Indudablemente estamos ante una política sacrificial que azota con fuerza la subjetividad y sus repercusiones son estragantes. No es un periodo histórico luminoso.

Diría que asistimos a la prevalencia de lo mortífero. Desde la cumbre del poder político se observa una cualidad discursiva cuya fuerza directriz es el cinismo. No el cinismo al estilo de Diógenes de Sinope; cuya vocación era ridiculizar lo solemne con el agudo filo de la ironía o la acometida caustica que exponía las imposturas del poder, por ejemplo.

En este caso, el proceder cínico que nos ocupa se compone de una retórica de simulación, persevera una discursividad que desdeña los acontecimientos. El poder gobernante mediante una maquinaria insolente (la mediática es crucial, sobre todo redes sociales) enmascara la realidad doliente, producto, en gran medida de políticas llevadas adelante por ese mismo gobierno. Es potentísima la dislocación entre los hechos y sus narrativas. Se apela más a lo emotivo y a las creencias que a la racionalidad. Por eso a la hora de la persuasión la argumentación pierde valor.

Es así, por ejemplo, que arrojan al centro de la escena la noción de “meritocracia”, presentación cínica cuando se la arroja, desprovista de las condiciones históricas, económicas, políticas y sociales. Como si el esfuerzo fuero un atributo puro, desunido de estas referencias. Se culpabiliza y agravia con la contraseña: “cada uno tiene lo que merece”, desconociendo un contexto atiborrado de asimetrías, infamias e injusticias.

En el marco de un exceso de positividad, nos encontramos con un modelo de sociedad que bien podría ser representada por el célebre slogan: “si, se puede”, una sociedad positiva que no admite sufrimiento ni dolor solo éxito sin miramientos. A través de estas arengas, la industria de la motivación nos dice que todo depende de nuestra actitud y habilidad. Nuestra voluntad positiva cebada por talleres de entusiasmo, expertos en felicidad, y gurúes espirituales al estilo Ravi sahnkar, puede más allá del contexto social que habite. De no lograrse el éxito y la felicidad solo se debe a la propia culpa, al sospechoso conformismo, a la impericia de decidir mal y carecer de mérito.

Insisto con la extensión de la pregunta, solo me interesa ponderar esta característica en el lenguaje del poder, un cinismo potente, no ya el de un discurso sesgado o como planteaba Borges en su Testamento apócrifo; “no hagamos tanto culto a la verdad, que mentimos varias veces al día”, es decir, un discurso impuro y pícaro, sujeto a un juego de énfasis y omisiones, sino que aquí estamos frente a otra cosa, una narración que no guarda la menor relación con los hechos.

¿Se observa un aumento en las adicciones?

Podríamos decir que cada tiempo urde sus tramas sintomáticas.La cultura de hoy promueve un gran imperativo; “goza”, “colma”.

A veces llegan a consulta adictos como espectro errabundos, me interesa destacar el tema de la adicción como un goce desregulado frente a un objeto definido (juegos de azar, trabajo, dinero, sustancias legales e ilegales, etcétera). Prefiero hablar del consumo apremiante de sustancias; como un recurso dilecto que pretende obturar la desazón propia de la existencia o como un elixir mágico que espante eventos penosos. Un goce autista al que se accede sin el rodeo a través del Otro. Vemos ahí un consumo sin fin, desarticulado de cualquier límite. Conviene hacer un distingo con la ingesta esporádica, en el caso de la adicción se involucra un goce tanático que se suelta del lazo social. Lo ideal es el abordaje interdisciplinario. Cuando llegan al consultorio intentamos elucidar que dramática, que elementos determinaron que se abandonen a ese destrato.

Los medios de comunicación hablan de un incremento en el consumo de psicofármacos. ¿Qué piensa al respecto?

Hay una suerte de calamidad ética entre las compañas farmacéuticas y su afán por maximizar rentabilidad y cierta psiquiatría que desparrama medicamentos como quien reparte caramelos en un evento infantil. Hoy se dan píldoras contra la tristeza, la timidez o el berrinche infantil, por ejemplo.El poder planetario de la industria farmacéutica incide crucialmente en los criterios de normalidad, salud y enfermedad.

El neoliberalismo proyecta una subjetividad homogénea, la abolición de la singularidad, la medicalización atolondrada de la sociedad es parte de la estrategia. Aldous huxley lo plantea en su novela, “Un mundo feliz “publicada en 1932, la sociedad a la que se le administra una droga que mantiene estable las emociones, “soma”, sustancia que suprimía descontentos o el surgimiento de antipatías con el régimen imperante.

De modo que, para decirlo de modo esquemático, en clave Foucaltiana, esta industria gravita enérgicamente en el sistema de poder que delimita las condiciones, lo lícito y lo prohibido de nuestras conductas.

¿ Y qué es lo que logra el psicoanálisis?

En el consultorio abundan personas como obstinadas en la desdicha, como si sintieran un regocijo en el quebranto o la zozobra. La búsqueda del psicoanálisis es que en esa ciénaga, prospere el deseo, lo que florece y palpita. Por supuesto es asaz complejo y la suerte es diversa.

El psicoanálisis promueve el deseo. Por ejemplo, considera al amor una edificación feliz. Hay una canción de Andres Calamaro, en una frase pretenciosa y bella, dice que “el hombre es un campo de batalla”, en ese caso, el psicoanálisis se sitúa del lado vital.

 


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