Psicología Domingo 21 de Junio

El estornudo es político II

Juan Cruz Pistilli. Psicólogo, Psicoanalista.

La ciencia aplica datos masivos a la inteligencia artificial y anticipa conductas y direcciona destinos.

El yo es una maraña de superstición, la libertad un desvarío, “mañana  es solo un adverbio de tiempo”, y Dios no progresa, no puede. Su perfección, su todo poder, es, su mismísima impotencia.

Nosotros, los humanos, estamos hechos a su imagen y semejanza: no hay progreso. Cada hombre es el primero; exilio o emancipación de cierto estado natural, luego  dominar el fuego, cambiar el curso del agua, nombrar los asuntos del mundo y sostener sobre su espalda, el atronador enigma de la muerte, hasta perderse en el.

Pero también es cierto que en ese brevísimo período entre nacer y morir, en ese discurrir entre la estupidez y la lucidez, además de la crueldad ocurre su contracara la ternura, y empresas humanas que pujan por hacer del mundo un lugar más amable.

Una hija de cinco años, le dice a su madre, con cierto aplomo: _ ¡en el futuro las flores serán horribles!

¿De dónde sacaste eso? _replica la mamá.

Hija: _ ¡de ningún lado, yo lo digo¡

El dialogo, oído por ahí, me recuerda al festival conjetural de pensadores consagrados, sobre el destino del mundo  luego de la pandemia.  Debo decir que para proseguir sus textos, tengo la necesidad de apelar a formidables cantidades de fe. Su magia es muy poderosa.

“(…) el día que se avecina viene con hambre atrasada. Miles de buitres callados, van extendiendo sus alas (,,,)” Luis Eduardo Aute.

Dada la vastedad del espacio, el tiempo y los actores en juego, prefiero adentrarme en la aventura conjetural, más discreta y tímidamente. Lidiando con el sesgo de proyecciones preñadas de miedos o esperanzas, tratando de no avanzar a puro pálpito, defendiendo la inteligencia analítica ante el acoso de pesimismos u optimismos atolondrados.  Podríamos pensar que no sucederá, para comenzar.

En esta deriva incierta, es una suerte improbable que  podamos desbautizar los elementos del mundo, trocar la palabra por balbuceos, más o menos melodiosos, o más aun, retrogradar al aullido. Ya no podemos volver a los arboles, ni retroceder a la garra. Tiempos inocentes, cuando la vida conservaba un equilibrio inteligente con el medio ambiente y era acorde a la íntima esencia de los elementos que componían aquel mundo. Cuando delirios colectivos aun no dominaban la tierra.  El historiador Yubal Harari afirma: “Nunca convenceremos a un mono para que nos dé un plátano con la promesa de que después de morir tendrá un número ilimitado de bananas a su disposición en el cielo de los monos”

La gestión abusiva del planeta nos compromete como especie; tal vez como en la película Sexto Sentido, donde el psicólogo, sin saberlo, está muerto,  el homo sapiens ya está extinguido, y nos sucedió el homo imbécil, aunque nuestro radical narcisismo difícilmente aceptaría ese mote.

Es decir, si nos pensamos intraespecie, podemos considerar  la figura de la pirámide, en cuyo ángulo superior se concentra casi toda la riqueza del planeta. ¿Es ético?, ¿qué impide que el resto tome lo que necesita? Cuando vemos películas de zombis, al menos ellos, van tenazmente tras sus apetecibles objetivos. Y deben ser repelidos mediante una resistencia física, palpable.

¿Pero qué es lo que impide que los sapiens distribuyan con mayor equidad las riquezas infamemente concentradas? ¿Qué corral de signos tan poderoso protege esta concentración?

La ciencia aplica datos masivos a la inteligencia artificial y anticipa conductas y direcciona destinos, hoy se timonean las almas como nunca antes. Reemplazara oficios de todo tipo (ya lo hace). Elegirnos una pareja, diagnosticar una enfermedad mejor que un especialista y gobernar con mayor eficacia que un político; estos son ejemplos que algunos científicos esbozan. La manipulación genética es otro capítulo; técnicamente, ya podríamos tener la fluorescencia de una medusa, sino fuera por reparos éticos.

Siguiendo el curso de estos desarrollos (que avanzan velozmente) podemos preguntarnos algunas cosas: ¿el miedo artificial?, ¿la libertad artificial?, ¿cuánto hay de subjetividad artificial, cuanto habrá?...

En el artículo anterior se hablo de las elites (por usar una categoría de rápido acceso) como aquel grupo global que tiene las  megafabricas de signos. En el Medievo un bestiario catalogaba criaturas, estableciendo clasificaciones y descripciones pormenorizadas.

En estas bestias modernas podemos aislar algunas características:

_ Prefieren morar en las sombras

_ Son depredadores de emboscada y también de persecución.

_Su acecho e insaciabilidad son incesantes.

_Rara vez se manifiestan. Cuando lo hacen; es enfundados en la filantropía.

_No son receptivos a imperativos éticos.

_ Desde su mansión ocasional dirigen su compasión a un remotísimo osito panda con probabilidad de extinguirse, valoran el olor del café y el silencio entre dos amigos, como aquellas maravillas de la vida ordinaria, pequeños, simples gestos, dignos de serles arrebatados a un proyecto civilizatorio demencial.

En fin, Lao Tzu decía: “Quienes tienen conocimientos no predicen, quienes predicen no tienen conocimiento”. Pero es verdad que el “no sé” es una expresión bellísima, origen de cualquier aventura. Y también es un vaticinio y una manera de convocar.

Quizá se pueda objetar, y con razón, que el texto abunde en digresiones, a veces descoyuntas. No quise subordinarme al principio de no contradicción. Tampoco la realidad lo hace.

 Sólo puedo decir que el mundo se abre ancho y con brío, por lo demás, ¡yo no sé!


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